«La verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca.»
Torcuato Luca de Tena en Los renglones torcidos de Dios

sábado, 10 de noviembre de 2012

Flora y su fauna

Hastiada de su despecho hondo, de esa cara de monja que se le había quedado tras la hecatombe de sentimientos y calamidades que había sufrido como cuchillo caliente sobre mantequilla, Flora cogió un puñado de piercings, los depositó sobre su tocador de aluminio y con paciencia se engalanó para seducir la noche. Dando por sentado que todos los hombres le mentían mirándola a los ojos, se retocó con rímel las pestañas para ver si así lograba engañarlos a ellos primero, adoptó una actitud canallesca cuando se calzó su cazadora de cuero negro y salió a la calle.

Bajó al bar de los moteros. Se encontró con su amigo Bern, un camello alemán que vendía cocaína barata, de esa que te corroe el tabique como la carcoma en la madera. Se metió la primera raya cerca de las diez de la noche y su rabia fue reemplazada por una euforia violenta. Todo ocurrió muy rápido. Al salir del aseo de mujeres, un cuarentón canoso la invitó a una copa. Flora
lo miró con ansia, él era su primera víctima. De pronto, todo su despecho visceral y ahogado recaería sobre ese ejemplar padre de familia casado, sobre ese tipo generoso que cuando se quiso enterar ya le estaba pintando la segunda raya en la cocina del bar. Sin quererlo, él le estaba ganando la partida; sin pretenderlo, ella sería la víctima y en ese momento se estaba dando cuenta. Pero no había modo de mandar sobre un bonachón de cuarenta y pico, adinerado, que podía hacer y deshacer sobre la voluntad de los cocainómanos como ella. Lo más sencillo sería dejar llevar su cuerpo, olvidar la estrategia y el control de la situación, inhalar el vicio por las fosas, entregarse al placer con aquel hombre, invitarlo a su piso, hacerlo esquivar su gymkana de latas de cerveza y ceniceros llenos, tumbarlo en su maloliente colchón y dejarse follar fría y dolorosamente: todo por medio gramo de coca.

Cuando se despertó, él se había ido sin dejar una miserable nota. Lloró avergonzada y violenta, su despecho se renovó como cabaretera que cambia de ropa, escupió a una esquina de de su apartaestudio, comió algo e intentó reflexionar sobre su existencia. Se dio cuenta de que su miserableza se debía exclusivamente a los hombres que la trataban como un objeto, y se tenía que vengar de ellos. Así que, hastiada de su despecho hondo…

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