«La verdadera locura quizá no sea otra cosa que la sabiduría misma que, cansada de descubrir las vergüenzas del mundo, ha tomado la inteligente resolución de volverse loca.»
Torcuato Luca de Tena en Los renglones torcidos de Dios

miércoles, 17 de octubre de 2012

El poeta de la tiza

Era poesía el ruido de la lluvia al caer sobre su cuerpo. Arrodillado sobre el asfalto, un espejo con movimiento independiente, sentía su piel bostezar al contacto con el agua, derritiéndose entre la bruma. Las palabras se fundían unas con otras, deslizándose por las fachadas hacia abajo.

Quién fuera a pensar que la lluvia iba disolver el trazo de sus tizas cuando plasmaba su vida sobre los muros. Dedicó su existencia volcar su alma sobre paredes con una tiza entre los dedos, y así, redactó miles y millones de versos preciosos.

En fachadas, lugares públicos… daba igual. Con sus poemas derribaba las fronteras que separaban a unas personas de otras, y desvestía el cuerpo de sus lectores para liberar sus almas. Los dioses, envidiosos por la actitud del muchacho, descalzaron su espíritu del cuerpo humano que lo envolvía para confinarlo en un tosco peñasco de tiza blanca.

Pasó el tiempo, y la erosión viento fue esculpiendo su retrato de pena en el bloque, de donde poco a poco, a la intemperie, salió nuevamente el muchacho. Su cuerpo era blanco y dejaba huellas de talco al caminar. Siguió grabando poesías a su paso. Escribía con sus dedos, que uno a uno se le fueron consumiendo, pero sus versos eran cada vez más sublimes y provocaba excitaciones cada vez más gloriosas. Los dioses, resentidos por la virtud y el empeño del muchacho, decidieron matarle.

La primera gota, como una lágrima que en su caída baila sin miedo en el aire, se posó en la cabeza del muchacho y se deslizó surcando su frente y su mejilla hasta caer al suelo, pintándolo de blanco. La gota había dejado un reguero su cara. Entonces se rompió el silencio con un brutal aguacero.

Las poesías empezaron a confundirse unas con otras, rajándose por cien partes y resbalando confusas por las paredes. El muchacho calló de rodillas, pero con una sonrisa. Y así, clavado en el suelo y sintiendo cómo su cuerpo se desvanecía junto al trabajo de toda su vida, entendió que cada gota hidrataba arroyos en los que circulaban sus versos. Cesó el chaparrón, y en el asfalto se manchaba el reflejo de la realidad con restos de poesía disuelta.

Desde entonces, en el caer de la lluvia, si uno agudiza el oído, todavía se escucha el rumor de unos versos que antaño escribió el poeta de la tiza.

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